domingo, 1 de agosto de 2010

Marco antonio Alcalá Por Juan Cervera Sanchís


MARCO ANTONIO ALCALÁ

La Bandida Murió en sus Brazos


El 23 de junio de 1995 murió en la ciudad de México

Marco Antonio Alcalá Ruiz, quien había nacido el 29 de

septiembre de 1924 en la Hacienda de Tamaliagua,

Municipio de Enxmajá, Jalisco.

A la edad de cinco años quedó huérfano de padre y

Madre. Creció al amparo de su abuela Camila que tenía

unas tierritas.

A los trece años de edad inició su peregrinar a solas

con su sombra por los caminos del mundo.

En Chapala se hizo panadero bajo la tutela del maestro

Marxi, que lo aceptó como aprendiz, según nos contó

en el café San José de las calles de Ayuntamiento en

la ciudad de México, donde Alcalá perteneció a la tertulia

de Las Víboras, junto con Alberto Cervantes, el autor del

bolero “Cien años” y José Antonio Michel, el creador de

la canción “Luna de Octubre”, inspirada en Eva, hermana

del escritor Juan Rulfo, quien fuera, ella, el amor platónico

de toda su vida, según nos confesara José Antonio.

Marco Antonio Alcalá aburrido de amasar harina decidió

hacerse pescador y, aburrido de la pesca, viajó hasta

Guadalajara donde se convirtió en albañil como matacuaz.

Después se convirtió en lavaplatos en el restaurante El Ring.

En mitad de los vaivenes por los que lo llevaba la vida se

la pasaba cantando en todas partes y cantaba muy bien.

Fue así que un afortunado día entró en la cocina el dueño

de El Ring, Toto Cuevas, quien lo escuchó cantar y tras

escucharlo lo invitó a que fuera parte de la variedad de

su restaurante. Comenzó así la carrera artística de Marco

Antonio Alcalá.

De El Ring pasó a actuar en las noches bohemias de

“El Mil Cumbres”, prestigioso restaurante de la capital

del Estado de Jalisco.

Marco Antonio, joven y soñador, aspiraba a lograr triunfos

mayores por lo que el año de 1943 viajó con sus pocos

ahorros a la capital de la República, donde no conocía

a nadie. Al llegar se alojó en una vecindad de Lagunas

de Tamiagua, colonia Santa Julia. A los pocos días de

llegar sus ahorros desaparecieron. Al encontrar cerradas

todas las puertas en el medio artístico, al fin que no era

más que un Don Nadie y un absoluto desconocido, se

las ingenio para entrar a trabajar en una carnicería de

la colonia y poco después en la cervecería “La Coronita”.

Escuchando la radio supo de “La Hora del Aficionado”,

Programa que tenía como locutor a Joaquín Grajales y

como maestro de ceremonias el entonces célebre Don

Lencho.

Alcalá no lo pensé dos veces, camino desde Santa Julia

hasta llegar a las calles de Ayuntamiento decidido a

inscribirse en el concurso.

Había una larguísima cola de aficionados. Él no se desanimó

y, con el estómago vacío, le echó paciencia al asunto y tras

tres horas de espera logró su inscripción.

Días después pudo participar interpretando “Ratos de

locura”, de Federico Baena. Quedó entre los doce

finalistas del año y estuvo en la Gran Final que tuvo

como marco el Cine Alameda, ahí interpretó “No niegues

que me quisiste”, de Jorge del Moral. Maravilloso. Marco

Antonio Alcalá se alzó como el máximo ganador. La

locura para él, una dichosa locura, pues el premio consistía

en 7,500 pesos del año 1943. Marco Antonio no podía

creerlo y por momentos se decía a sí mismo:

-¿No estaré soñando?

No, no estaba soñando. Aquellos 7,500 pesos eran

contantes y sonantes, pero la verdad sea dicha él no

sabía qué hacer con tanto dinero. Alguien le aconsejó

que si pensaba ser artista invirtiera parte de lo obtenido

con el premio en un buen vestuario. Así lo hizo.

En el café San José, ya en silla de ruedas, pues había

Perdido sus dos piernas a causa de la diabetes, nos

relataba en una de nuestras conversaciones en la mesa

de “Las Víboras”:

-Me fui a las calles de Madero, con el entonces mejor

sastre de México, Chávez, y me mandé hacer siete

trajes, y lo más importante todavía: Yo nunca había

tomado clases de canto y con aquel dinero puede

tomarlas con maestros tan excelentes como José Eduardo

Pierson y Roberto Harling Ortega, entre otros.

Luego viajé a San Francisco y canté en el Hotel Felman.

Volví a México y canté en centros nocturnos como el

Wakiki, el Tabaris y otros. Grabé mi primer sencillo. Nunca

he grabado un LP. Aquel disco me llevó a la casa de niñas,

o para decirlo por derecho, a la casa de putas más célebre

y celebrada que ha habido en México, de doña Graciela

Olmos González, más conocida como “La Bandida”. Esta

extraordinaria mujer me tomó aprecio, y como a mi la noche

y la bohemia siempre me han cautivado me quedé en su casa.

Allí canté durante un buen tiempo. Era una dama de

enorme corazón.

Recuerdo su generosidad infinita para con la gente

necesitada. Una noche en que llegábamos Víctor Cordero,

el autor del corrido “ Juan charrasqueado” y canciones

como “Mi casita de paja” y “Nada gano con quererte”,

como tu muy bien sabes, y yo a su casa, estaba agonizando.

Murió en mis brazos. Ya no la dejé sino hasta que la

llevamos a enterrar en la séptima sección del Panteón de

San Joaquín. Ahí está. Antes de perder mis piernas le

llevaba vez en cuando flores. A ella le gustaban mucho

las flores.

Debo decirte que doña Graciela era poeta y escribía

y componía canciones. Ella es la autora del Corrido

de Durango y “El Siete Leguas”, que permanecen en

la memoria de México.

Poco antes de morir aquel 23 de junio de 1995, Marco

Antonio nos diría en el café San José:

“Yo no soy un triunfador, tampoco un fracasado, yo

soy un artista que siempre he vivido como tal y así

moriré.

Ya no puedo trabajar, aunque aquí en el café digo

Poemas y canto pedazos de canciones mientras

recuerdo con los amigos fragmentos de mi vida.

Soy un bohemio reducido a una silla de ruedas y

no me muero de hambre porque en mi vieja tengo

mi mayor tesoro. Ella tiene un puesto de comidas

en el mercado de San Juan y con eso vamos tirando.

Me queda el consuelo de haber vivido cantando y

haber alternado con los mejores artistas de México.”

Se cumplen quince años de su muerte y, en este mundo

sin memoria, ajeno a los sentimientos que nos hacen

humanos y nos legitiman como tales, y donde caben todos

los olvidos, y la indiferencia es el triste pan nuestro de

cada día, yo quiero rendir un emotivo recuerdo a Marco

Antonio Alcalá Ruiz, aquel hombre, aquel artista que, por

cierto, se sabía de memoria “El romancero gitano” de

Federico García Lorca.

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